La cultura cívica es “un tipo de cultura política caracterizada principalmente por el interés de los ciudadanos en participar en el sistema político –en virtud de que consideran que pueden influir en la toma de decisiones–, y por el grado de confianza que existe entre los individuos que forman una comunidad” (Cordourier, 2007) 

Se centra en las virtudes ciudadanas que se sustentan en valores y se proyectan en disposiciones para participar en la democratización de los espacios públicos y privados, en el fortalecimiento de las instituciones y procedimientos democráticos, así como en la construcción de un orden social justo y respetuoso de los derechos humanos en el que todas las personas puedan tener una vida digna.  

La cultura cívica solo puede estar presente en aquellas formas de organización de los Estados en los que existen las libertades y derechos fundamentales para asegurar la existencia de la ciudadanía. Por ello, las democracias son el ambiente por excelencia para desarrollar y contar con una cultura cívica. 

La cultura cívica permite hacer visible la calidad de las democracias y el grado de ciudadanía que existe en ellas, es decir, la relación que mantiene la ciudadanía con el conocimiento, ejercicio y exigencia de sus derechos, así como la disposición que guarda el gobierno para establecer espacios de diálogo a las exigencias de la ciudadanía, aceptar sus demandas y facilitar la rendición de cuentas. 

Hay que resaltar que la cultura  cívica no se limita a describir las reglas de comportamiento de la ciudadanía al exterior de los hogares, aunque usualmente se relacione a la cultura cívica con el civismo en términos de las reglas de comportamiento en los espacios públicos y el respeto y aprecio por nuestros símbolos patrios, nuestra historia y tradiciones, en realidad, la cultura cívica abarca más allá de estos elementos y contempla los valores, comportamientos, actitudes, experiencias y creencias que cada ciudadana y ciudadano genera y comparte con sus conocidos, sobre el papel y la importancia que pueden tener para propiciar el cambio en las condiciones de vida que comparten o para motivar a otros a que contribuyan en esa mejora.

Este proceso de formación de cultura cívica está estrechamente relacionado con la educación cívica, que puede darse a través de los medios formales de diversas instituciones tales como las escuelas y los institutos electorales, como por los medios informales, entre los que se encuentran los grupos y medios de interacción (familia, amistades, trabajo, clubes sociales, grupos y contactos virtuales, así como los medios de información a los que se les da seguimiento). Estos factores brindan insumos que alimentan o deterioran la formación de una cultura cívica afín con los principios y valores democráticos.

Un ejemplo que da muestra de la cultura cívica sería el de una persona haciendo por cuenta propia la limpieza de la calle donde vive, y si esa persona logra convencer a sus vecinos, quienes además se muestran dispuestos a colaborar para cumplir con el objetivo y si su voluntad crece y deciden organizarse para solicitar a las autoridades el apoyo para dicho proyecto, dan claridad de que las y los ciudadanos pueden propiciar a que alguna autoridad actúe o cambiar su propio entorno sin depender para ello, del gobierno o de terceros. Es en estos casos, que nos encontramos ante la cultura cívica de la ciudadanía. 

Bibliografía

Cordourier-Real, C. (2007). “Cultura cívica y desarrollo”. Revista Bien común, núm. 154, pp. 17-20 Disponible en www.academia.edu/3670708/cultura-civica-y-desarrollo.

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